SESENTA AÑOS DE ZOZOBRA
Años
cuarenta:
el
hombre a lomo de mula
subía
el café y la montaña.
A
mano, cosecha y rezo.
Nacían
fábricas textiles.
Orden
de café arábigo:
el
más suave del mundo.
En
el año 1964.
La
Violencia ya era herencia.
Mi
padre no hablaba de Gaitán:
lo
nombraba bajito,
como
quien nombra un muerto en la casa.
9 de
abril: las balas.
Estalló
El Bogotazo.
La
Violencia se fue al campo
y se
quedó a vivir.
Liberales
contra godos.
Odio
de clase,
luego
lucha,
luego
éxodo.
Crecí
oyendo que el gobierno mandaba soldados
a
cortar testículos,
a
abrir vientres preñados:
“que
no quede ni la semilla”.
Los
jefes al exilio o al monte.
En
el monte:
quema,
violación, saqueo.
Hombres
despellejados.
Rencor
de padre a hijo.
Después
vi izar banderas.
Guerrilla
sin horizonte,
fiebre
de venganza.
Campesinos:
autodefensa.
Vi
las Repúblicas independientes.
Vi
el nuevo oro: coca y secuestro.
Vi a
mi país,
de
país del café
a
país de cocaína.
Vi,
bajo el ojo del gobierno,
la
mafia comprando todo.
Plata
o plomo.
Plomo
para el que no.
Sesenta
años.
Democracia
sin crédito.
Diez
millones de labriegos
en
la pobreza.
mi
país en el podio
de
la desigualdad.
Ahora
la
paz en la garganta
de
la “vara de hierro”.
El
alba no calienta.
El
esplendor,
si
llega,
ya
nos debe a los muertos.
*****
ACENTO FERAL
Somos blanco de nuestros propios yerros,
yerros
que caen como lluvia transparente
en
el templo oscuro de la memoria.
Disimulan
los rencores,
agrietan
los amores secos y espinosos,
pudren
las puertas que no supimos cerrar.
Los
yerros cortan el tiempo entre la vida
y la
muerte, ahogan la conciencia,
nos
obstruyen el paso hacia la cumbre.
2
Hay
yerros que se visten de traje y corbata
entre
bastidores, entre pasillos de oficina.
La
mentira huele a café recalentado,
el
hombre la sorbe, cómplice,
y deja que le manche los dientes.
Cada
quisque regula su antifaz
con
la regla torcida de su conveniencia.
Ya
nadie acecha: todos sonríen
y conciertan a quién le toca el cuchillo.
3
Me
duelen las carnicerías,
las
huesas comunes,
los
grillos y las cadenas.
Me
duele el hambre firmada en un decreto,
la
paz que venden a cuotas,
los
muertos que archivan sin nombre.
Me
duele la mentira con sello oficial,
el
aplauso pagado,
la
democracia de vitrina.
Sudo
mis dolores.
Escupo.
Me
enfrento al que ordena el silencio.
Mis
armas, las palabras,
moldean
el pensamiento
y resisten el acento feral.
A MI TAMBIÉN ME MATARON
Estoy
muerto en vida
entre
muchos que murieron:
con
la boca llena de silencio
con
la motosierra en la nuca
y las
botas al revés.
Desde
los Montes de María
hasta
las escombreras de Medellín
la
misma tierra guarda el grito.
Empuño
el esfero.
No
tengo musa: tengo cuentas
que
el Estado no quiere saldar.
Levanto
un bastión de palabras
contra
el parte de guerra que mintió.
Con
los huesos de todos me alzo de las fosas comunes
para
devolverles el camuflado
y
gritar que eran hijos,
no
bajas en combate.
